Hay hitos que son sutiles. Uno estrena botas nuevas y siente que tiene otro caminar, y aunque sea idea este solo en la cabeza, la sensación impulsa nuevos pasos.. Otro hitos son estruendosos. Como un trueno que cae a pocos metros de uno.. brillando con luz insostenible y un ruido estremecedor. Estremecedor como la energía que se siente dentro. Luego de evento, esos hitos toman tiempo para asentarse.
El inicio es uno de esos hitos. El nacimiento. Salir de la panza de la madre para activar el instinto de supervivencia, respirar solo y no ahogarnos con nuestra propia saliva. Llorar con todas nuestras fuerzas para llamar la atención y ser alimentados, cambiado y limpiados, cobijados o abrazados.. Sonreír y mimetizarnos con nuestros padres para asegurar la empatía entre tanto llanto y garantizar nuestra sobrevivencia. Antea caída al aprender a caminar, comenzaremos a aprender a levantarnos, gradualmente estaremos más atentos a la fuerza, coordinación y, en su momento, aprender a correr. El hito del andar fue sutil.
A lo largo de la vida, los hitos se presentan. A veces por convicción uno los promueve, y otras, llegan sin miramientos para reescribir la historia que creíamos íbamos narrando con algo de coherencia.
El hito de la ruptura, en toda la extensión y esplendor, a mí me llegó a los 36 años. Esperando el nacimiento de mi primera hija. Y, como un disco duro en peligro, me borró casi toda la información que tenía registrada.
De esta ruptura, y como ríos luego de torrencial tormenta, vinieron los recuerdos, los sueños, el cuestionamiento de las ideas, pensamiento, emociones, creencias y forma de vivir la vida. Aperturas y cierres. Paso diferentes al pasado entero e inciertos del futuro posible.
Aquí, parte de la narrativa.
Todo comenzó en 1982.. y en 2018. Con el inicio. Y La Ruptura.